Participación genuina e Inteligencia colectiva (conversación con Eugenio Moliní)

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Eugenio Molini-1

A Eugenio Moliní le conocí allá por junio de 2010, en un encuentro de consultores artesanos que celebramos en Girona. Después le seguí por su blog y tuvimos intercambios esporádicos para hablar de colaboración en red y sobre todo, de “gestión del cambio”, que es su principal área de trabajo. Su enfoque de la consultoría siempre me atrajo por ser distinto al mío. Veo en él cosas que no soy capaz de hacer yo, y sé que acercarse con curiosidad a lo diferente (incluso a la discrepancia) es fundamental para crecer en cualquier profesión.

En su libro “Participación genuina” (2012), , descargable de forma gratuita, propone una metodología ordenada sobre “cómo decidir, trabajar y pensar juntos”. Me parece una obra muy recomendable. Solo la Bibliografía es una joya. La curación es impecable y demuestra experiencia. Son 31 referencias muy bien comentadas, que dan muchas pistas.

Moliní es partidario de la emergencia. El control es solo una ilusión. Sus nuevos desafíos son trabajar en contextos menos estructurados a los de una organización típica, donde el “propietario de la tarea” o promotor del cambio tiene que trabajar con actores que son autónomos, dentro de un sistema en el que tienen poca autoridad y cargado de dilemas. Los llama sistemas difusos para diferenciarlos de las organizaciones donde hay límites claros y jerarquías bien definidas. Un ejemplo de esto podrían ser los procesos de participación ciudadana que tanto me interesan.

Tuvimos una larga conversación por hangouts que, lógicamente, no cabría en un post. Aquí te dejo un resumen de ella, a ver qué te parece:

Lo colectivo, lo individual y la autonomía:

La palabra que Moliní probablemente más repite es “autonomía”, para poder trabajar en libertad y en paz consigo mismo, porque insiste: “Las personas cambian intencionalmente cuando quieren, y cualquier intento de forzarlas a cambiar despierta resistencias”.

Le gusta distinguir entre “individuación” e “individualismo”. El primero es, para él, una expresión de autonomía, y el segundo sólo de egoísmo. Actuar con autonomía no significa necesariamente de forma egoísta porque combina dosis de egoísmo y de altruismo. Es un dilema que se da dentro de los individuos y la autonomía radica en que las personas se sientan libres de gestionar ese dilema sin intromisiones. Por eso Moliní reconoce que “apoyar y facilitar la individuación de la humanidad” es una prioridad en su agenda.

Creí entender en su momento que Moliní es de la escuela de el-colectivo-siempre-va-en-detrimento-del-individuo, porque su argumentario va habitualmente en esa dirección, así que se lo pregunté. Él está a favor de “disminuir el poder de las identidades colectivas” y lo explica así: “Por idiosincrasia soy un fóbico de lo colectivo porque me obliga a pagar un precio altísimo. Por eso me siento más cómodo en red que es más intermitente y desaparece en los momentos que desconecto de ella”. Después ilustra su postura con una descripción más gráfica: “El lado luminoso de la pertenencia a un colectivo es ‘el calorcito’ que da saberse acompañado y dentro de una identidad reconocible, pero a cambio tiene un lado oscuro y es que para poder pertenecer, necesitas aceptar y respetar unas normas (…) Una vez hecho el balance de costes/beneficios, yo prefiero vivir en un ‘mundo enredado’ antes que pertenecer a ‘tribus”.

Hemos hablado un buen rato de esto porque es un debate que subyace en los distintos posicionamientos que existen en el mundillo de la Inteligencia Colectiva (IC). Mi opinión es que esa postura es tan legítima como la de los que prefieren cultivar el sentido de pertenencia, o incluso vivir en tribus. No es constructivo dar por hecho que a todo el mundo le conviene, ni le hace más feliz, renunciar al “calorcito” a cambio de poder hacer cualquier cosa que le apetezca. Por las mismas razones de idiosincrasia personal que citaba Eugenio para explicar su desconfianza a lo colectivo, hay mucha gente a la que le ocurre lo contrario, o sea, que el beneficio de formar parte de una identidad colectiva le compensa, con creces, el coste de aceptar unas normas.

Por otra parte, y sigo hablando por mí, es inútil abstraerse de un hecho incontestable: “mi libertad termina donde empieza la de los demás” y como existen crecientes espacios de interdependencia entre los individuos que sólo pueden resolverse colectivamente, en los que tenemos que ponernos de acuerdo (es ahí donde la IC me importa tanto), para eso es bastante probable que haya que hacer concesiones individuales. Eugenio no lo ve así porque piensa que “si la gente tiene que hacer concesiones es porque hay aspectos que no se han atendido”.

Consultas colectivas y participación ciudadana:

A Moliní las consultas le parecen bien pero insiste en que la responsabilidad es del propietario de la tarea. No está muy a favor de que delegue porque para eso se ha elegido: “no es nuestro marrón” pensarían los ciudadanos. Para eso se elige a un alcalde o a un representante público, para que decida y después rinda cuentas. Lo más importante es que la gente pueda hacer las propuestas que les dé la gana sin tener que ceder. Es una manera de canalizar la diversidad sin cortapisas. Que cada cual pueda expresar con libertad sus expectativas y lo que piensa que puede ser la mejor solución al problema. Después de eso, decide el alcalde o responsable público, o decide el colectivo.

El rol de los expertos:

Le he preguntado sobre el rol de los expertos en los procesos colectivos de gestión del cambio. Moliní cree que el conocimiento de los expertos es necesario sobre aspectos técnicos de la temática a tratar. La manera como intervienen y la forma en la que aportan su saber es crucial para evitar que los participantes se conviertan en una audiencia pasiva.

Conviene que los expertos, ya sean internos o externos, pongan sus conocimientos al servicio de los participantes, sin protagonismos, como una voz más. Hay que ayudarles a estar al servicio del dialogo entre las partes. No están para dar las soluciones. Su contribución principal consiste en ayudar a definir las “condiciones de contorno” y sobre todo, las restricciones técnicas que pueden reducir el espacio de posibles soluciones. Pero claro, yo añado, esas premisas también pueden ser discutidas por estar sesgadas y favorecer un tipo de soluciones que no sean las óptimas, desde la perspectiva del grupo.

Las “condiciones de contorno”:

Este es uno de los términos que usa Moliní, en su libro, que me parecen reveladores. Lo usa para definir los límites, condicionantes y reglas de juego que el convocante o propietario de la tarea pone a la actuación de los participantes. Insiste en que estas condiciones deben formularse con honestidad y transparencia, lo que implica dejar claro dos cuestiones: 1) Lo que no se va a cambiar (determina el “margen de maniobra”), 2) Los criterios que deben cumplir las soluciones adoptadas.

Definir las condiciones de contorno es algo que se debe hacer bien y antes de arrancar el proceso participativo. Se debe acotar el espacio de un modo equilibrado, ni mucho (paraliza, desmotiva, porque hay poco “margen de maniobra”), ni poco (dispersa). Hacer esto de forma clara, sin ambigüedad, puede ser (paradójicamente) muy liberador y una fuente de motivación.

Disminuir el dolor:

La agenda de Moliní, según me contó, se centra en disminuir el dolor que produce el cambio. Su obsesión es encontrar aquellas estrategias de cambio que menos afecten a las personas, o sea, “aumentar el impacto minimizando el dolor”. Yo le comentaba que no hay cambio profundo sin dolor, y acordamos que quizás el dolor que hay que atacar es el gratuito, o sea, el evitable. Aunque parezca una obviedad, no lo es en absoluto. Basta con que un facilitador del cambio introduzca como variable crítica en su ecuación minimizar el dolor evitable, para que el espacio de las posibles soluciones adquiera otra naturaleza.

Efectos vs. Resultados:

El cambio que yo busco, el que me interesa, tiene más que ver con los efectos que con los resultados”, me decía Moliní. Esta diferenciación que hace es de las cosas que más me atrajo de su libro porque dice bastante a la hora de fijar expectativas en los procesos de Inteligencia Colectiva. Mientras que los resultados dan la satisfacción del logro, los efectos son consecuencia de la experiencia de haber trabajado conjuntamente, o sea, el grado de realización que ha generado el proceso en los participantes. Por eso hay que pensar también en los “efectos”, para que sean contemplados en el diseño del proceso. Y yo añado: no sólo  importa el “qué”, sino también (y sobre todo) el “cómo”. De ahí sale la agenda troyana de Moliní: “utilizar los resultados que el cliente quiere para conseguir los efectos que busco según mi vocación”.

“El momento mágico de la Participación Genuina”:

Eugenio llama así a ese momento en que las personas viven, a menudo por primera vez, la experiencia de trabajar juntos sin tener que renunciar a su autonomía. Cuando eso ocurre, que tiene muchos puntos en común con los procesos de Inteligencia Colectiva tal como yo los entiendo, los participantes: 1) trabajan juntos en una tarea común, 2) cada uno asume su responsabilidad, 3) siguen la pauta de maximizar la propia satisfacción y el valor de sus aportaciones, 4) mantienen su autonomía con respecto a la presión grupal y a la obediencia, 5) se autorregulan, autoorganizan y autogestionan, funcionando como un único organismo. En el otro extremo está el “Limbo participativo”, o sea, procesos que pasan sin pena ni gloria y que no hacen daño pero tampoco aportan nada diferente de cualquier otro procedimiento tradicional.

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5 Comments

  1. Me ha parecido muy interesante la conversación que mantenéis Eugenio Moliní y tú, con temas que merecen debates profundos. En particular, me ha llamado la atención la introducción que hace Eugenio de la noción de “individuación” (no suele ser habitual) pero es un concepto, en mi opinión, muy potente. Lo desarrolló Gilbert Simondon en la primera mitad del siglo pasado y, como tantas veces sucede, pasó casi inadvertido (así como su autor) hasta que Gilles Deleuze (alumno de Simondon) lo desplegó en sus ideas de “devenir”, “singularidad”, “acontecimiento” y otras.
    Gracias, Amalio.

    • Amalio Rey says:

      Gracias, Alfonso. Sip, lo de la “individuación” es un matiz fino, potente. OK, con el dato que aportas de Simondon y Deleuze. Les seguiremos la pista. Un saludo

  2. Hola Amalio, gracias por presentarnos a Molini. Me ha gustado especialmente cómo has desgranado los diferentes matices de la participación en un grupo con un fin común, que es al final de lo que tratan (deberían al menos) todas las organizaciones. Contribuye a hacer parecer el proceso fácil y limpio. Para mí esa maestría sólo viene de la experiencia. De un gran experto como parece ser Molini. Así me ha llegado este retrato tuyo de él.

    Marta.

    • Gracias, Marta. Sip, Molini es un gran experto, y su trabajo es especialmente valioso porque entiende muy bien los matices y la complejidad inherente a los procesos de gestión del cambio. Su insistencia en la autonomía me parece también una contribución necesaria. Un saludo

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